Carol, 30 años. Malestar general, ansiedad, crecimiento personal.

Creo recordar que había llamado para pedir sesiones de crecimiento personal. Sinceramente, entonces no sabía como clasificar lo que necesitaba. Me encontraba en plena oscuridad. Solo sabía que me hacía falta analizar este malestar permanente y mis dudas con la ayuda de un punto de vista externo.

Sintiendo una gran necesidad interna de probar un camino nuevo, decidí emprender este viaje. Quería aprender y me veía superada con hacerlo yo sola, ni era algo que se podía hacer con amigos. Quería entender porque me comportaba como me comportaba a pesar de que en muchas ocasiones no me guste. Quería parar este malestar mental, las dudas e inseguridades eternas – por lo menos para un momento de respiro. Y tenía la esperanza de deshacerme al menos de las consecuencias más físicas como las ataques de pánico, la ansiedad, el no querer vivir.

Era necesario tomarme el tiempo para hacer esto con calma, reflexión y escribiendo mucho – en mi vida que suele ser tan rápida y ocupada. Primera conclusión: es totalmente ridículo pensar que no hay tiempo para actuar, que no hay tiempo para cuidarse a una misma.

Al principio costaba situar cual era mi problema concreto. Lo que exponía, parecían situaciones genéricas, temas inconexos. Uno de los trabajos, que me ayudaba a ver las cosas con más claridad, era analizar mi origen, mi familia, mi educación. No estaba consciente hasta qué punto me habían influenciado las personalidades de mi madre y de mi padre. Como el comportamiento de mi familia no correspondía con mi manera de ver el mundo, siempre tenía muy claro como no quería ser. Emocionalmente pero, no era capaz de actuar de una manera coherente a mí misma.

Estaba harta de vivir en la sombra, de vivir las cosas desde fuera. Había asumido desde hace mucho tiempo que no formaba parte de las formaciones sociales con las que solía entrar en contacto. Automáticamente me situaba fuera y a la vez sufría el supuesto rechazo. Pero no actuaba. Solía aceptar la exclusión, huyendo, buscando alternativas, terceros caminos, amoldándome a situaciones que en realidad no me convencían. No tenía la seguridad de creer en que mis actos estuvieran bien, que yo tal como estaba, estaba bien.
Tenía que cambiar mi propia actitud, aceptarme como una persona igual a los demás, como alguien que vale de por sí como ser humano. A un nivel racional-político tenía claro que todos somos iguales como personas – que no hay nadie quien valga más o menos. Aún así me había situado automáticamente por debajo de los demás.

Esta temporada tan bien acompañada he podido aprender de donde originaban mis comportamientos. Y no solo me daba para hacer un trabajo mental. A la vez aproveché para practicar lo concienciado en el día al día, probar como enfrentarme a situaciones que anteriormente me solían causar pánico. Me daba la oportunidad de ensayar como ser yo. Poco a poco me atrevía actuar como yo pensaba que estaba bien… eso sí, tambaleando como un niño que aprende a caminar.

Otro paso era realizar que tenía que aprender a quererme tal como soy – negociando con mi auto-exigencia. Una tarea bastante difícil que requiere de una sinceridad despiadada conmigo misma. Junto a eso se trata de aprender a demostrar también a los demás que los quiero y respeto de manera clara e abierta. Gracias al apoyo recibido, ahora sé por donde comenzar a trabajar.

Estoy muy agradecida de haber podido hacer este proceso de aprendizaje, de haber recibido herramientas para enfrentarme a mi vida, de haberme dejado acompañar, de haber podido cambiar de perspectiva y verme desde fuera. Es un proceso que no se acabará nunca, pero ahora tengo la conciencia de que exista y está empezado – lo cual facilitará manejarlo.

Gracias Anna.

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