Rafa, 33 años. Perfeccionismo.

Cuando llegué a la primera sesión tenía tantas cosas que me oprimían sin poder reconocerlas… no era nada feliz, pero disimulaba muy bien.
Se me hizo muy difícil al principio, porque quería expresar cosas pero no podía, algo me frenaba. Hasta que logré entender dos cosas:

1.- Que siempre había estado muy pendiente del “qué dirán” optando por no mostrar mis emociones.
2.- Que necesitaba expresar esas emociones para comprenderlas o no llegaría a reconocer todas las otras cosas que me estaban agobiando.

Poco a poco, con la ayuda de Anna, me dejé llevar y conseguí expresar no solo lo que pensaba, sino también lo que sentía. Me di cuenta que no estaba viviendo mi vida sino la de los demás.

Me encontré con un exceso de perfeccionismo, teniendo que hacer las cosas siempre de forma excelente o no me sentiría bien conmigo mismo. También me encontré con un exceso de altruismo, que surgió por mi papá, quien al haber sido adoptado, siempre fue muy agradecido con la vida. Esto fundó una necesidad por mi parte de ayudar a todo el que pudiera. Asimismo, me encontré con un exceso de paternalismo, quizás por el hecho de que mi padre falleciera cuando yo solo tenía 16 años, buscaba proteger a cuantos pudiera, olvidando ayudarme y protegerme a mi mismo.
Asimismo, me di cuenta que no podía parar de pensar, que no sabía controlar mi mente, jugando siempre con pensamientos que se intensificaban al no querer expresarme, agotando los positivos y dejando entrar los negativos. Con esto, entraba en un estado autodestructivo, deprimiéndome con facilidad.
Unido a todo esto, entendí que con tanta exigencia no me valoraba en absoluto, porque siempre tenía que hacer algo más importante y mejor. Esta falta de valoración me hizo comprender que prácticamente no me conocía a mi mismo y que no sabía cómo hacer para controlar mis pensamientos y emociones.

Gracias a las herramientas que me fue brindando Anna de manera paulatina, pude entender los ingredientes de ese cocktail que me tenía embriagado y no me dejaba ser feliz. Comprendí que todo en exceso es malo, incluso el querer hacer las cosas bien o el ayudar a los demás.
Aprendí a buscar mi punto medio, a tener una estrategia para controlar mis pensamientos y emociones, saber cuándo puedo aumentar o reducir mis niveles de exigencia, priorizando mi pirámide de necesidades en la vida. Aprendí a expresar mis emociones sin importar el qué dirán, aceptándome tal cual soy, con lo bueno y lo malo, entendiendo que como humanos somos imperfectos y que tenemos cosas malas a las cuales podemos sacar provecho para sentirnos mejor.
Por último, aprendí a valorar mis logros, por muy pequeños que fueran y a seguir caminando, buscando realizar mis sueños, vivir mi vida. Así, cada vez que me detenga a valorar y mirar hacia atrás, la satisfacción de cada paso, cada huella, cada logro, me motive a seguir caminando y a mantener lo que para mi es el fin último de la vida: ser feliz.
Gracias por ayudarme, de una manera muy profesional, a conseguirlo.

 

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